MUJER LIBERAL

MUJER LIBERAL

domingo, 15 de marzo de 2015

Se ha señalado que la Revolución Liberal ecuatoriana (1895-1912) no
produjo transformaciones importantes en las estructuras social y econó-
mica del país, en la medida que dejó intacto el sistema de hacienda y las
formas de estructuración social derivadas de este. Sin embargo, el liberalismo
dio lugar a la separación entre la Iglesia y el Estado, a una relativa
secularización de la vida social y a la formación de nuevas mentalidades.
Con la Revolución Liberal, un amplio sector de mujeres pasó a ser objeto
de preocupación y elaboración de discursos y aparatos estatales, que
abrieron posibilidades para su participación en otras esferas sociales, más
allá de la vida doméstica. La visión del Estado sobre las mujeres se desplazó
en este período, concibiendo su rol de manera distinta. El discurso
estatal ya no circunscribió a las mujeres únicamente al hogar o a un espacio semi-público dependiente de la Iglesia o de una autoridad masculina
sino que su incorporación al espacio público y productivo como sujetos
comenzó a plantearse.
Este es un discurso llevado por la “idea del progreso liberal” y la necesidad
de constituir un nuevo tipo de sujeto femenino aunque sin abandonar
su condición subalterna. Uno de los mecanismos importantes fue la
educación laica, que hizo posible que mujeres de sectores medios se capacitaran
e incursionaran en diversos campos profesionales, especialmente
en el educativo. La creación de los normales (1901) permitió que las
maestras fueran adquiriendo legitimación y mayor grado de profesionalización.
También, el gobierno liberal abrió cursos especiales para señoritas
en el Conservatorio Nacional de Música y en la Escuela de Bellas Artes, y
fomentó, por medio de becas, los estudios de obstetricia y el ingreso a la
Facultad de Farmacia. Estas políticas permitieron que, por primera vez en
Ecuador, se crearan fuentes de trabajo para las mujeres en el sector público,
quienes comenzaron a laborar en Quito y Guayaquil en las oficinas de
correos, telégrafos y teléfonos, el profesorado y los mandos medios de la
administración pública4
. Esto no quiere decir que los antiguos roles de las
mujeres como madres y esposas desaparecieran, pero sí que se abrieron
nuevos espacios en los que adquirieron cierta autonomía y se vieron sujetas
a otras formas de control social e individual.
El discurso liberal asumió que la mujer era un factor clave en el progreso
y el desarrollo del país. Su incorporación al campo productivo sería una
condición necesaria para su autonomía económica e inclusión ciudadana. El
principio liberal del trabajo como medio para que el hombre conquistara su
independencia y se volviera dueño de sí incluyó a la mujer, aunque conservando
las diferencias que marca la reproducción del sistema patriarcal y de
dominio en un sentido económico y moral. Aunque el proceso abierto por
el liberalismo no eliminó la antigua situación de subordinación de las mujeres,
generó nuevas posibilidades de actuación pública a la vez que exigencias
y necesidades. Este proceso se llevó a cabo con una doble estrategia: de
“incorporación controlada” y de “inclusión subordinada”. De incorporación 
ya que la dinámica del comercio y la incipiente industria, así como los requerimientos
administrativos del Estado, incorporaron a muchas mujeres; de
inclusión subordinada ya que esta incorporación no se realizó en términos
equitativos y se dio solo en determinados campos y espacios.
Dentro del proceso de secularización y de separación de la Iglesia y el
Estado, al dictar las leyes del Registro Civil y de Matrimonio Civil y
Divorcio (1902), el Estado liberal puso bajo su control los mecanismos
legales de celebración y disolución del matrimonio que antes fueran regulados
por el Derecho Canónigo. 

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